La fe madura aprende a reconocer que incluso los días más comunes estuvieron llenos de milagros silenciosos: el amanecer de cada mañana, la salud que nos permitió seguir, las personas que permanecieron a nuestro lado, y las oportunidades que se abrieron cuando todo parecía cerrado.
Contar las bendiciones no es negar los problemas, sino decidir ver la mano de Dios por encima de ellos. Es cambiar la narrativa interior, es transformar el “¿por qué?” en “¿para qué?”, y entender que cada paso fue acompañado por Su fidelidad.
En lugar de decir “no alcancé”, decimos “Dios me sostuvo”.
En lugar de decir “fue difícil”, decimos “aprendí y crecí”.
En lugar de decir “perdí”, decimos “Dios me enseñó a soltar y confiar.”
Cada detalle, cada provisión, cada palabra de aliento, cada abrazo oportuno… fueron huellas visibles del amor de Dios en nuestro camino.

A veces no fueron grandes milagros, sino pequeñas señales que confirmaron que Él nunca se fue, que Su gracia fue suficiente y que Su propósito sigue intacto.
Por eso, al contar bendiciones, algo se transforma dentro nuestro: la queja se convierte en canto, la tristeza en adoración, y la memoria en altar.
Cuando eliges contar tus bendiciones, descubres que Dios estuvo escribiendo Su fidelidad incluso en las páginas más difíciles del año.
Bendice alma mía a Jehová y no olvides ninguno de sus beneficios. Salmo 103.1


