Creo que el cuidado de la lengua amerita que digamos algunas cositas más. No porque el tema se agote rápido, sino precisamente porque nunca se agota. La Palabra de Dios dedica un espacio sorprendentemente amplio a hablarnos del poder de nuestras palabras. Y eso, por sí solo, debería encender una luz de alerta en nosotros.