Nuestras palabras también necesitan conversión

Creo que el cuidado de la lengua amerita que digamos algunas cositas más. No porque el tema se agote rápido, sino precisamente porque nunca se agota. La Palabra de Dios dedica un espacio sorprendentemente amplio a hablarnos del poder de nuestras palabras. Y eso, por sí solo, debería encender una luz de alerta en nosotros.

 

Sin embargo, es llamativo observar que muchos cristianos arrastramos una idea profundamente arraigada: creemos que el pecado es solamente lo que se hace, pero no siempre lo que se dice. Como si las palabras fueran inofensivas, livianas, pasajeras.
 
Pero si todo lo que saliera de nuestra boca fuera bueno, edificante y puro, Dios no habría escrito tanto sobre este tema. La realidad es otra: no siempre salen flores de nuestra boca.
 
Por eso, así como practicamos ayunos de alimentos, deberíamos aprender a practicar ayunos verbales. No se trata de hacer silencio absoluto, ni de aislarnos del mundo, sino de decidir conscientemente frenar aquello que no honra a Dios: callar las críticas, evitar los chismes, detener las groserías, tragarnos las declaraciones negativas, sepultar la palabrería frívola y vana, y ponerle un límite a todo aquello que no edifica.
 
Con Hilda hemos tomado una decisión muy concreta, y lo hicimos hace apenas una semana: cada vez que de nuestra boca salga una palabra inconveniente —sea una crítica, un comentario negativo o una opinión que no corresponde— debemos corregirnos de inmediato. No mañana. No más tarde. En el momento. Porque la conciencia se afina cuando se la ejercita.
 
Volviendo a la idea del ayuno, estoy convencido de que esta práctica nos sensibiliza espiritualmente. Nos vuelve más atentos a la corrección que el Espíritu Santo intenta aplicar a cada palabra incorrecta que sale de nuestra boca. De pronto, empezamos a escuchar lo que antes pasaba inadvertido.
 
El salmista lo expresó con una claridad conmovedora cuando oró: “Pon guarda a mi boca, oh Señor; guarda la puerta de mis labios” (Salmos 141:3).
 
Todos los cristianos deberíamos hacer esta oración cada mañana, porque realmente necesitamos la ayuda de Dios para refrenar nuestra lengua y aprender a hablar lo que conviene.
 
Estoy convencido de que ninguna persona nacida de nuevo desea entristecer al Señor con su boca. Pero hay una realidad que no podemos ignorar: muchas de las palabras que pronunciamos a diario lo entristecen. Y esas palabras deben ser eliminadas. ¿Cómo? No hay atajos ni fórmulas mágicas. Hay una sola receta: DISCIPLINA.
 
Esa disciplina incluye evitar conversaciones vanas, contar groserías, mentir, desalentar, juzgar, prejuzgar, maltratar, asustar, presagiar desgracias… y la lista sigue. No es un trabajo de un día. Es una decisión cotidiana.
 
El apóstol Pablo nos marca el rumbo con precisión cuando escribe: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:6).
 
Y Proverbios 12:18 es contundente y sin matices: “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina”.
 
Anhelo de todo corazón que los dichos de nuestra boca y la meditación de nuestro corazón sean gratos delante de ti, Señor. Que nuestras palabras dejen de herir y comiencen a sanar. Que hablen menos de nosotros y más de tu Gracia.
 
Por Marcelo Laffitte

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

Te vamos a comunicar lo más destacado.
Solo una vez por semana te enviaremos notas seleccionadas de nuestra web.