La cruz nos enseña que el camino de la fe no está exento de dolor, pero sí lleno de propósito. Jesús no evitó el sufrimiento; lo enfrentó con obediencia y confianza total en el Padre. En su entrega vemos que la verdadera fuerza no consiste en no sentir dolor, sino en mantenerse firme aun cuando todo parece derrumbarse.