Jamás había oído hablar de dones. A la edad de 27 años, teniendo dos hijos, mi vida se encontraba en ruinas. Vivía sumida en una profunda tristeza que llevaba dentro de mí como una mochila muy pesada que ya no podía cargar más. Nunca pude contar con nadie, siempre me tuve a mí misma, y solo hablaba con Dios, aunque aún no lo conocía. "Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida.” (Isaías 43:4)