Testimonio: El hombre daña, pero Dios cura y sana

Jamás había oído hablar de dones. A la edad de 27 años, teniendo dos hijos, mi vida se encontraba en ruinas. Vivía sumida en una profunda tristeza que llevaba dentro de mí como una mochila muy pesada que ya no podía cargar más. Nunca pude contar con nadie, siempre me tuve a mí misma, y solo hablaba con Dios, aunque aún no lo conocía. "Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida.” (Isaías 43:4)

 

A los 4 o 5 años algo había marcado mi vida. Alguien inesperado me dañó el corazón y desde allí mis días comenzaron a ser grises. Me invadía una especie de espanto. ¿Cómo superar algo así siendo tan pequeña? ¿A dónde recurrir? Crecí muy dañada. Se destruyó mi mente, mi autoestima, mi dignidad. Frustración y traumas afloraban en mí continuamente. Los ataques de pánico se hacían cada vez más constantes. Por las noches, cuando todos dormían, yo me arrinconaba detrás de un mueble y allí tomaba alcohol para tratar de olvidar y calmar mi dolor.
 
Una noche, sin querer, desperté al padre de mis hijos. Se enojó mucho y lejos estuvo de comprenderme o de abrazarme. Se puso a gritar como un loco: “¡No quiero una madre alcohólica para mis hijos!” La persona que había sido mi esperanza, a quien había elegido y en quien había colocado toda mi confianza, me estaba decepcionando. Aquello era el cumplimiento de lo que desde niña me decía: “¿A quién le importo yo?” Gritaba dentro de mí: “¡Quiero que me amen, por favor, que alguien me ame!”
 
Había nacido en medio de siete hermanos varones y me llamaban “nena”. Supuestamente era la nena para la gente, la mimada, la malcriada, pero solo yo sabía que todo era pura apariencia: era la nena más infeliz. Mi realidad era: inseguridad, aislamiento, pérdida de memoria, odio, asco por la persona que con tanto descaro me había dañado, y con 27 años sentía ganas de salir corriendo sin saber adónde.
 
Pero allí estaban ellos: mi hija mayor y el segundo, ¿Cómo dejarlos? ¿Cómo abandonarlos? Ellos eran mi razón para quedarme y luchar, aunque criarlos era un gran desafío por tantos traumas que turbaban mi cabeza.
 
Algo sucedió. Comenzó a inquietarme algo dentro de mí. Escuché, no sé dónde, que alguien hacía milagros. Un jueves del año 1988, por primera vez, fui a una casa donde algunas vecinas comenzaban a reunirse. Era la casa de los que ahora son mis pastores.
 
Ellos comenzaron a hablarme de Jesús. Me ayudaron a invitarlo a mi corazón para que Él sea dueño y Señor, y se lleve todas mis angustias. En medio de lágrimas y miedos lo acepté. Ese mismo día le rogué que me ayudara. Él respondió, porque cada jueves salía muy distinta de esa casa que amo. Porque en ella solo hallé amor y contención. Me hablaron del perdón y de su poder restaurador. Del amor infinito e incondicional de Jesús, y mi fe fue creciendo. Mis cargas comenzaron a salir de a poco, en medio de mi torpeza, porque así me sentía, como una niña que estaba aprendiendo a caminar.
 
Comencé a sentir que alguien me estaba dando valor, que alguien puso sus ojos sobre mí, que alguien estaba sanando las heridas más secretas y guardadas que tenía. El hombre daña, pero Dios cura y sana... Una Palabra se selló en mí, está en Jeremías 1:5. “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.”
 
Hoy día mi evolución es constante. Dios sigue dándole forma a la asignación que me fue dada en esta tierra; aclarando mi propósito en este mundo, donde todo es pasajero. Y cada promesa de Dios en mí, me hace más fuerte. Dios ya sabía mi futuro. Él me diseñó para este tiempo. Soy Su creación, mi autoestima se sanó. Las tormentas tienen que pasar. Estoy de paso aquí. Hoy reconozco que el amor de Jesús me alcanzó, ese amor incondicional me sostuvo, me cuidó, jamás estuve sola, y todo lo que pasó es para que Su nombre sea en gran manera glorificado.
 
Él limpió mi corazón de la basura que había entrado. Pude perdonar a la persona que me dañó: fue mi propio padre quien había abusado de mí siendo tan pequeña. Lo perdoné, aunque costó mucho, y llevó tiempo. La protección más importante es la de los padres y si ellos fallan, queda un gran daño, aunque seamos muy buenos simuladores. Con los años tuve mis dos últimos hijos, en total son cuatro hermosos hijos que fueron mi fuerza, mi coraje, mi alegría.
 
Parte de un fuerte testimonio de vida que puedes encontrar en la *Antología 3*
Por Nélida Cantero
Disponible en la tienda digital y en nuestro Club de lectura "CRECIENDO JUNTOS"
 

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

Te vamos a comunicar lo más destacado.
Solo una vez por semana te enviaremos notas seleccionadas de nuestra web.