El pecado moderno: postergar lo que Dios nos pide hoy

Hay una palabra que se ha puesto de moda en los últimos tiempos: Procrastinar. ¿Y qué es?. Procrastinar significa postergar para mañana lo que sabemos que deberíamos hacer hoy. Es el hábito de aplazar decisiones, acciones o compromisos, aun cuando entendemos que son necesarios.

 

No es falta de capacidad, sino una lucha entre la voluntad y la comodidad. Procrastinación es una palabra moderna para un problema tan antiguo como el ser humano: saber lo que hay que hacer y, aun así, dejarlo para después.
 
No es pereza, es algo más sutil: es postergar decisiones que nos incomodan, que nos desafían o que nos exigen cambios. En la vida secular la vemos cuando retrasamos llamados, proyectos, estudios o conversaciones necesarias. En la iglesia aparece cuando demoramos obedecer a Dios, perdonar, reconciliarnos, servir o cambiar una conducta.
 
La procrastinación siempre se disfraza de “mañana”, pero el costo lo pagamos hoy. Es una forma elegante de desobediencia lenta.
 
No dice “no”, pero tampoco dice “sí”. Nos mantiene ocupados, pero no transformados. Nos hace sentir responsables, cuando en realidad estamos siendo evasivos. Y, casi sin darnos cuenta, termina robándonos tiempo, propósito y bendiciones que Dios ya tenía preparadas.
 
La procrastinación afecta muchas áreas de la vida, pero en el caso de los creyentes toca algo vital para la salud de la iglesia: la comunión. Porque la comunión no se sostiene solo con buenos sentimientos, sino con decisiones concretas y con tiempo compartido.
 
En nuestro caso, son incontables las veces que, después de haber nacido una relación hermosa con hermanos de la iglesia, nos prometimos volver a encontrarnos… y nunca sucedió.
 
La famosa frase: “Tenemos que vernos”, sin fecha, sin lugar, sin ninguna precisión, ha sepultado momentos que podrían haber sido profundamente edificantes.
No fue falta de cariño, fue falta de determinación. No fue rechazo, fue postergación. Y así, sin darnos cuenta, dejamos que la agenda, el cansancio o la comodidad apagaran espacios que Dios había encendido para bendición, compañía y crecimiento espiritual.
 
“Nos encantaría armar una célula casera para compartir todo lo que el Señor nos ha enseñado en la vida”. Ese es un deseo que Hilda y yo llevamos hace tiempo en el corazón. Aunque lo hicimos durante mucho tiempo con resultados muy alentadores, hace bastante que no lo concretamos. Pero las tareas de la editorial, en mi caso, y las actividades que absorben a Hilda en su taller de reciclados, nos obligan a procrastinar… casi hasta el infinito.
 
Y no nos gustaría admitir que siempre seremos vencidos por el “ya lo vamos a concretar algún día”. Por eso queremos dejarles algunos tips que nosotros mismos comenzaremos a aplicar, junto a ustedes.
 
1.-Poner fecha antes que entusiasmo. El deseo sin fecha es solo una ilusión piadosa.
2.-Empezar pequeño, pero empezar. Dos o tres personas, una mesa y una Biblia alcanzan.
3.-Agendarlo como algo sagrado, no como un “si se puede”.
4.-Aceptar que nunca habrá el momento perfecto.
5.-Comunicarlo en voz alta: lo que se dice se compromete.
6.-Elegir constancia antes que intensidad.
7.-Cambiar el “algún día” por “este mes”.
8.-Recordar para qué lo hacemos: no es una actividad más, es Reino.
9.-No competir con el trabajo, sino ordenarlo.
10.-Dar el primer paso, aunque sea imperfecto: Dios siempre bendice los comienzos obedientes.
Tal vez la mayor victoria contra la procrastinación no sea hacer grandes cosas, sino animarnos a obedecer en lo pequeño… hoy.
 
Por Marcelo Laffitte

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