Él decía que, además de ser pastor, también es jardinero. Un día estaba plantando maíz cuando su nietita se acercó y le preguntó: —¿Qué haces, abuelo?
—Plantando maíz.
—¿Te ayudo?
—Claro —le respondió—. Yo preparo la tierra y tu colocas las semillas.
La nena miraba todo con la atención limpia que solo tienen los chicos, hasta que de pronto preguntó:
—¿Y por qué las tapas con tierra, abuelo?
El pastor trató de explicarle que esa semillita chiquita, dura, aparentemente muerta, al ser enterrada un día iba a convertirse en algo totalmente distinto: iba a echar raíces, abrirse paso entre la tierra, levantar un tallo y multiplicarse en nuevas semillas. Pero mientras hablaba entendió que la explicación científica no alcanzaba. Y terminó diciendo: “En realidad tendría que haberte dicho la verdad: esto es un milagro. Un milagro que vemos tan seguido que dejamos de llamarlo por su nombre”.
Este relato del querido Miguel me pareció extraordinario y me condujo a esta reflexión…
Vivimos rodeados de milagros, pero como ocurren todos los días, ya no los notamos.
¿Quieres ver un milagro? Entierra una semilla. Y espera.
Pero hay muchos más. Muchos que quizás hoy pasen desapercibidos. Veamos solo algunos:
EL AMANECER DE CADA DÍA
Todos los días, sin que nadie lo pida, sin que toquemos ningún botón, el sol aparece otra vez. La oscuridad retrocede, los colores vuelven, el frío afloja… y la vida se reinicia. Podemos estar atravesando una noche larga, con tormentas o tristezas, pero cada amanecer nos recuerda: “No será para siempre. Hay nuevas oportunidades”. Eso no es rutina, es misericordia renovada. Es otro milagro.
EL LATIDO DEL CORAZÓN
Nuestro corazón late miles de veces por día sin que pensemos en él. Late cuando dormimos, cuando caminamos, cuando sufrimos, cuando reímos. Y sigue latiendo incluso cuando nosotros no damos más.¿Quién mantiene ese ritmo?¿Quién sostiene esa maquinaria silenciosa que nunca descansa? Es un milagro constante, el más fiel compañero que tenemos.
EL AIRE QUE RESPIRAMOS
Inhalamos y exhalamos unas 20 mil veces al día. Y ni lo notamos. Respirar es recibir vida sin esfuerzo, sin permiso, sin mérito. Cada respiración es un recordatorio de que dependemos de algo más grande que nosotros.
UN ABRAZO QUE SANA
No existe análisis clínico que explique por qué un abrazo sincero cambia el ánimo, afloja tensiones, derrite nostalgias y mejora el día entero. Dos brazos alrededor de alguien pueden más que muchas medicinas. Hay abrazos que reconstruyen lo que estaba roto.

EL PERDÓN
Cuando una persona perdona algo que parecía imposible de perdonar, ahí está Dios trabajando. Un corazón endurecido que se ablanda, una culpa que se alivia, una relación que vuelve a respirar… El perdón es un milagro espiritual puro, de los que cambian destinos.
EL NACIMIENTO DE UN BEBE
Dos células que no se ven se unen, y de esa unión nace una vida completa: manos, ojos, respiración, llanto, sonrisa. Cada bebé es una declaración del cielo: “Todavía creo en la humanidad, todavía apuesto por ustedes”. No hay milagro más evidente y más perfecto.
LA LLUVIA
Caen gotas del cielo, empapan la tierra, llenan ríos, verdean montes y sostienen cosechas. Que el agua llegue desde arriba, con tanta precisión, justo cuando hace falta… es algo demasiado grande para ser casualidad.

LA SONRISA DE UN NIÑO
Una sonrisa tiene el poder de desarmar tristezas, aliviar dolores y renovar las fuerzas. El rostro de un niño puede iluminar un día gris sin pronunciar una sola palabra. Es uno de los milagros más tiernos que Dios inventó.
EL PAN SOBRE LA MESA
Lo vemos tan cotidiano que ni lo pensamos. Pero detrás de un pan hay tierra, semillas, sol, lluvia, trabajo humano, manos que amasan… y la provisión fiel de Dios que multiplica lo que sembramos. No es “solo pan”: es la señal de que seguimos siendo cuidados.
LA MEMORIA
Recordar un aroma, una voz que ya no está, una canción de la infancia, un consejo del padre… y sentir que reviven dentro nuestro. La memoria es un puente sagrado entre lo que fuimos y lo que somos. Ese puente también es un milagro.

UNA HERIDA QUE CICATRIZA
Nuestro cuerpo sabe repararse solo. La piel se cierra, el dolor disminuye, lo que parecía roto se reconstruye de a poco. Esa fábrica silenciosa que trabaja adentro nuestro… ¿de dónde sale? Es otro milagro oculto. Quizás lo único que nos falte es que nosotros volvamos a tener ojos agradecidos para verlos.
Porque el que aprende a ver los milagros de todos los días… también aprende a vivir con esperanza todos los días. Y tal vez —solo tal vez— el verdadero milagro no sea lo que sucede afuera, sino lo que Dios puede hacer adentro nuestro cuando dejamos de caminar con los ojos cerrados. Porque el día que volvamos a asombrarnos como niños, ese día la fe recuperará fuerza y el alma recuperará gratitud.
Los milagros siguen ocurriendo. No se fueron. No se agotaron. No pasaron de moda.
Solo estaban esperando que levantemos la mirada y volvamos a decir, con el corazón humilde:
“Señor, gracias… porque estoy rodeado de maravillas que había dejado de ver”.
(Perdón por extenderme un poco)

Por Marcelo Laffitte


