Acumular sin usar, es el más horrible de los egoísmos

La Biblia no habla de la generosidad como una virtud opcional, sino como una evidencia concreta de una vida transformada. No es un “extra” para cristianos muy espirituales, sino una señal básica de que el amor de Dios está realmente gobernando el corazón. Jesús fue directo y sin rodeos:“Más bienaventurado es dar que recibir.” (Hechos 20:35)

 

Pero el problema es que esa frase, tan citada y conocida, muchas veces quedó reducida a una teoría bonita, a una frase que repetimos… pero que rara vez convertimos en estilo de vida. Y ahí es donde empieza nuestra contradicción. Decimos que creemos en la generosidad, pero vivimos rodeados de acumulación.
Decimos que seguimos a Cristo, pero organizamos nuestra vida alrededor de guardar, proteger, conservar, acumular “por las dudas”.
 
Hace unos días le dije una frase al amigo Antonio Zamora, de este espacio, que todavía me resuena fuerte: “Acumular sin usar es el más horrible de los egoísmos.” Y cuanto más la pienso, más verdadera me parece.
 
Te cuento algo muy simple, casi doméstico. En el edificio en que vivimos hay cerca de cien departamentos. Y, por lo tanto, hay casi cien bauleras de dos por dos aproximadamente. La mayoría de esas bauleras son verdaderos monumentos al egoísmo moderno. Están llenas de ropa que no se usa, muebles que nadie necesita, electrodomésticos en desuso, objetos que duermen años en la oscuridad… mientras afuera hay gente que no tiene abrigo, ni mesa, ni una silla, ni una frazada.
 
¿Para qué guardamos todo eso? ¿Para qué acumulamos lo que no usamos? ¿Para sentir que tenemos? ¿Para tranquilizar una inseguridad interior? ¿Para no desprendernos de nada, ni siquiera de lo que ya no cumple ningún propósito?
 
La Biblia lo plantea de una manera incómoda pero clarísima: “Al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado.” (Santiago 4:17) No dice “al que roba”, no dice “al que hace daño”, sino al que no hace el bien cuando puede hacerlo. También dice: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.” (Lucas 3:11).
 
No habla de dar lo que sobra después de muchos años. Habla de compartir ahora, de soltar, de mirar al otro, de dejar de vivir encerrados en nuestra propia comodidad. Y otra palabra todavía más fuerte: “El que cierra su corazón al necesitado, ¿cómo puede decir que el amor de Dios permanece en él?” (1 Juan 3:17).
 
No es poesía. Es una confrontación espiritual. Por eso creo que la generosidad no fracasa por falta de recursos, sino por falta de decisión. Directamente no queremos soltar. Y vuelvo a esa frase que dije y que merece quedar grabada: “Acumular sin usarlo es el más horrible de los egoísmos.”
 
Porque no es solo guardar cosas. Es guardar oportunidades de bendecir. Es guardar respuestas para oraciones ajenas. Es retener lo que Dios pensó como canal, no como depósito. Porque no se trata simplemente de guardar cosas. Se trata de guardar oportunidades. Oportunidades de bendecir, de aliviar una carga, de responder una oración que quizá alguien hizo en silencio.
 
Cada objeto acumulado sin uso puede ser una respuesta concreta para una necesidad real. Cada cosa retenida sin sentido es una puerta que dejamos cerrada al amor en acción. Y entonces aparece una pregunta que incomoda, pero que es profundamente sana: ¿Cuándo fue la última vez que di algo verdaderamente importante? Es decir algo que tenía valor para mí.
 
Tal vez ahí descubrimos que la generosidad no debería ser un acto esporádico, casi ceremonial, sino un estilo de vida. En realidad, tendríamos que dar todos los días. Dar tiempo. Dar atención. Dar escucha. Dar recursos. Dar objetos. Dar una palabra que anime. Dar una mano que sostenga. Porque el corazón generoso no espera ocasiones especiales.
 
Vive atento. Observa. Percibe. Se adelanta a la necesidad. Y quizás la verdadera espiritualidad empieza cuando dejamos de ser acumuladores de cosas y nos convertimos en distribuidores de bendición.
 
Cuando entendemos que todo lo que tenemos no nos fue dado para ser almacenado, sino para ayudar a otros.
Cuando comprendemos que el Evangelio no se mide por lo que sabemos, sino por lo que soltamos en favor de otros.
Ahí, recién ahí, la frase de Jesús deja de ser teoría: “Más bienaventurado es dar que recibir.” Y pasa a ser una experiencia viva, cotidiana, transformadora.
 
Por Marcelo Laffitte

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