La vida cristiana no nos llama a vivir rodeados solo de personas amables, simpáticas y coincidentes con nosotros. Nos invita a algo mucho más profundo —y más incómodo—: a amar como Él ama. Y ese amor no hace distinciones. Jesús lo expresó con absoluta claridad cuando dijo: “Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán? Hasta los que no conocen a Dios hacen lo mismo” (Mateo 5:46 – Dios Habla Hoy).
Es decir, amar a quien nos ama no tiene mérito espiritual. Lo verdaderamente transformador es amar cuando no hay reciprocidad, cuando hay desplantes, indiferencia o incluso rechazo. Obedecer a Dios implica exhibir, de manera visible y cotidiana, el cambio que Él ha operado en nuestro corazón. No un cambio teórico, sino práctico. No un discurso, sino una conducta.

Por eso, el llamado es claro: acercarnos a las personas difíciles, no para corregirlas, ni para cambiarlas, ni para ganarlas en una discusión, sino simplemente para aceptarlas como son.
Perdonar sus actitudes, su falta de simpatía, sus silencios incómodos o sus palabras ásperas… e intentar amarlas en el nombre de Jesús.
La Biblia nos anima en este camino cuando dice:“Sean más bien bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”(Efesios 4:32).

Muchas veces, detrás de una persona difícil hay una historia de heridas no sanadas, de carencias afectivas profundas, de soledades silenciosas. Personas que no saben pedir amor… y por eso los repelen. Y ahí aparece nuestro verdadero rol como cristianos: ser canales del amor de Dios.“Sobre todo, ámense los unos a los otros profundamente, porque el amor cubre multitud de pecados”(1 Pedro 4:8)
Dios nos llama a reflejar Su amor sin condiciones. Y en esa obediencia hay una promesa. Porque cuando actuamos distinto a lo que dicta la lógica humana, cuando respondemos con gracia donde otros responderían con distancia, Dios mismo se encarga de la recompensa. “Entonces su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo” (Lucas 6:35)
Ese premio no siempre es visible ni inmediato, pero siempre es una bendición profunda, que empieza en el corazón y se derrama hacia los demás.
Amar a los difíciles no nos debilita. Nos transforma. Y, muchas veces, transforma también a ellos.
Por Marcelo Laffitte


