El pecado se gesta antes

Una de las grandes verdades espirituales que casi nadie quiere mirar de frente es esta: nadie cae en pecado de un día para otro. Ni el adulterio aparece de golpe, ni el robo se ejecuta de repente, ni la difamación nace de un comentario repentino. El pecado no es una caída brusca: es una escalera descendente, bajada escalón por escalón. Y ese proceso lento, lejos de ser un castigo, es una misericordia de Dios que nos da tiempo para reaccionar y volver atrás.

 

Santiago 1:14-15 en la Versión Lenguaje actual describe con gran precisión cómo se gesta una caída:“Cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo llevan a caer. Cuando estos deseos se vuelven más fuertes, nos hacen pecar; y el pecado, cuando madura, produce la muerte.”
 
La Reina Valera así lo expresa: “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido; entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.”
 
Veamos mejor la escalera descendente:
PRIMERO viene la atracción, ese pensamiento que aparece sin ser invitado.
LUEGO la seducción, cuando ese pensamiento empieza a parecer agradable y empieza a tomar forma.
DESPUÉS viene lo más peligroso: la concepción interna.
 
¿Y qué significa?
Significa que el pecado se empieza a construir adentro, en secreto, en la mente, antes de aparecer afuera. Es cuando uno conversa con la tentación, la justifica, la imagina, la acaricia internamente. Todavía no se ha hecho nada externamente, pero por dentro ya se está gestando. Y cuando se concibe adentro… tarde o temprano se dará a luz afuera. No de golpe, sino paso a paso.
Por eso Proverbios 4:23 nos advierte: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”
Y conviene aclararlo: en la Biblia “corazón” no es emoción, es mente; son pensamientos, decisiones, intenciones, planes internos. Los pecados no empiezan en las manos: empiezan en la mente.
1 Corintios 10:12 agrega otra advertencia: “El que piensa estar firme, mire que no caiga.”
La caída ocurre cuando uno baja la guardia mucho antes del acto final. Y dice algo más ese pasaje: cualquiera puede caer.
 
Y 1 Pedro 5: 8 nos recuerda que el enemigo es paciente y muy observador. “Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.”
No devora a cualquiera: devora al que se descuidó, al que ya bajó dos o tres escalones sin darse cuenta. Por todo esto, Jesús mismo dijo en Mateo 26:41: “Velad y orad, para que no entréis en tentación.”
 
Uno no entra en tentación cuando peca, sino cuando deja de velar. Velar, en pocas palabras, significa: Estar atento espiritualmente.
Es cuidar la mente, vigilar los pensamientos, estar despierto por dentro, no descuidarse, no relajarse frente a la tentación. Hebreos 3:13 profundiza aún más: “Para que ninguno se endurezca por el engaño del pecado.”
 
El endurecimiento siempre es un proceso lento, nunca inmediato. El endurecimiento, en pocas palabras, es esto: Cuando el corazón deja de sentir y la conciencia deja de reaccionar.
No el corazón emocional, sino la mente, los pensamientos, la sensibilidad espiritual.
Es un proceso lento en el que: lo que antes nos dolía… ya no nos duele. Lo que antes nos inquietaba… ya no nos inquieta. Lo que antes reconocíamos como pecado… empezamos a justificarlo. Lo que antes nos parecía grave… ahora nos parece normal.
Bíblicamente, endurecerse es perder la sensibilidad a la voz de Dios.
Y el Salmo 1 nos muestra la escalera entera: No anduvo… después se detuvo… luego se sentó. Tres escalones, cada uno más peligroso que el anterior. Todo pecado sigue ese patrón.
 
El adulterio no empieza en una cama: empieza en una mirada que no se corta, en un mensaje que sobra, en una imaginación que se alimenta. Dios da muchas oportunidades para regresar, pero si uno baja todos los escalones… la caída final es solo cuestión de tiempo.
El robo no empieza con una cifra grande: empieza con un “total, nadie lo va a notar”, con una birome robada, con un mínimo desorden moral. Nadie roba en grande si antes no ha robado en pequeño dentro de su mente.
La difamación no comienza con destruir a alguien en público: empieza tolerando un comentario venenoso, luego repitiéndolo, luego exagerándolo, hasta finalmente deformar la reputación de una persona ante muchos.
En todos los casos, Dios nos da señales. Advertencias. Incomodidades interiores. Conciencia que molesta. Mensajes que llegan “justo a tiempo”. Personas que aparecen para decir una palabra.
Todo eso son escalones donde todavía se puede volver atrás.
 
El hijo pródigo no cayó de golpe. Primero pidió la herencia. Después se fue. Después malgastó. Después tocó fondo. Pero en cada estación Dios le habló, lo esperó, le dio tiempo. Durante el descenso Dios crea nuevas oportunidades para volver.
Y aquí está el punto más esperanzador: ningún escalón es definitivo mientras haya arrepentimiento. El pecado se construye de a poco… y la restauración también. La Gracia no llega tarde; llega al corazón que dice: “Basta. Hasta aquí bajé. Hoy subo.”
Y cuando uno decide tomar esa mano, el descenso se detiene y la vida vuelve a empezar.
Nunca importa cuántos escalones bajaste: siempre hay uno desde donde podés comenzar a subir.
 
Por Marcelo Laffitte

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