¿Quieres una vida victoriosa?

Era una tarde calurosa en Ámsterdam, Holanda. Casi diez mil pastores y evangelistas de todo el mundo se reunían para una nueva conferencia. Yo estaba allí como cronista del congreso organizado por la Asociación Evangelística Billy Graham, encargado de resumir el mensaje del orador, para publicarlo.

El nombre del disertante —George Sweeting, presidente del seminario Moody— no decía demasiado al público. Muchos esperaban un mensaje teológico profundo y difícil.

Pero ocurrió lo contrario. Sus palabras, sencillas e impregnadas de la presencia de Dios, se transformaron en una verdadera guía espiritual.

Nunca olvidaré su saludo inicial: “Amados hermanos, hoy quiero compartir la fórmula que Dios me dio para tener una vida victoriosa y llena de gozo.”
El auditorio quedó en silencio. La expectativa creció. Y entonces, lejos de una disertación académica, Sweeting nos sorprendió con esta frase:
“La fórmula para una vida plena es… entregarse al Señor todos los días.”

Luego explicó: “Debemos entregarnos como lo hicimos la primera vez. ¿Qué hicimos aquel día? Reconocimos a Jesucristo como Señor de nuestras vidas. Hagámoslo cada mañana.”

Eso —decía— mantiene viva una verdad esencial: Él es dueño absoluto de nuestra vida. Nada de lo que nos ocurre pasa por alto su mirada, y aun lo que parece malo tiene un propósito formador. Cada día debemos decirle: “Te reconozco otra vez como mi Señor”. Y eso nos permitirá agradecer por todo: por el trabajo que no llega, por nuestra personalidad débil, por un hijo perdido, por el ser amado que partió. Todo pasa primero por su corazón.

Luego agregó: “Ese día también aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador. Hagámoslo cada día.” Recordar su sacrificio nos libra de la peligrosa costumbre de repetir verdades sin sentirlas.

Nos ayuda a volver a mirar la cruz, a valorar su indescriptible sufrimiento, a recordar que todo fue saldado, que cada error fue clavado en aquel madero, y que ese es nuestro gran fundamento frente al acusador.

Sweeting continuó: “Y algo más hicimos la primera vez: nos arrepentimos. Sigan haciéndolo.” Arrepentirse cada mañana —explicaba— es presentar ante Dios nuestras áreas débiles y renunciar a los pecados que se repiten. Encubrirlos es colaborar con el enemigo; confesarlos es abrir la puerta a la liberación.
Finalmente completó la “fórmula”: “Súmenle una porción diaria de Palabra, oración, testimonio y servicio.”

Porque al leer, escuchamos a Dios; al orar, le hablamos; y al servir y testificar, expresamos su corazón de Padre.
Nunca olvidé aquella enseñanza —que Dios ya había anticipado en Romanos 12:1 "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional"— y trato de aplicarla cada día.

Cuando reconozco su señorío, recuerdo su sangre redentora y confieso mis debilidades, siento que regreso al día más hermoso de mi vida: cuando lo recibí en mi corazón y Él, con ternura, me recibió como hijo.

Por Marcelo Laffitte

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