El nombre del disertante —George Sweeting, presidente del seminario Moody— no decía demasiado al público. Muchos esperaban un mensaje teológico profundo y difícil.
Pero ocurrió lo contrario. Sus palabras, sencillas e impregnadas de la presencia de Dios, se transformaron en una verdadera guía espiritual.
Nunca olvidaré su saludo inicial: “Amados hermanos, hoy quiero compartir la fórmula que Dios me dio para tener una vida victoriosa y llena de gozo.”
El auditorio quedó en silencio. La expectativa creció. Y entonces, lejos de una disertación académica, Sweeting nos sorprendió con esta frase:
“La fórmula para una vida plena es… entregarse al Señor todos los días.”

Luego explicó: “Debemos entregarnos como lo hicimos la primera vez. ¿Qué hicimos aquel día? Reconocimos a Jesucristo como Señor de nuestras vidas. Hagámoslo cada mañana.”
Eso —decía— mantiene viva una verdad esencial: Él es dueño absoluto de nuestra vida. Nada de lo que nos ocurre pasa por alto su mirada, y aun lo que parece malo tiene un propósito formador. Cada día debemos decirle: “Te reconozco otra vez como mi Señor”. Y eso nos permitirá agradecer por todo: por el trabajo que no llega, por nuestra personalidad débil, por un hijo perdido, por el ser amado que partió. Todo pasa primero por su corazón.
Luego agregó: “Ese día también aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador. Hagámoslo cada día.” Recordar su sacrificio nos libra de la peligrosa costumbre de repetir verdades sin sentirlas.
Nos ayuda a volver a mirar la cruz, a valorar su indescriptible sufrimiento, a recordar que todo fue saldado, que cada error fue clavado en aquel madero, y que ese es nuestro gran fundamento frente al acusador.

Sweeting continuó: “Y algo más hicimos la primera vez: nos arrepentimos. Sigan haciéndolo.” Arrepentirse cada mañana —explicaba— es presentar ante Dios nuestras áreas débiles y renunciar a los pecados que se repiten. Encubrirlos es colaborar con el enemigo; confesarlos es abrir la puerta a la liberación.
Finalmente completó la “fórmula”: “Súmenle una porción diaria de Palabra, oración, testimonio y servicio.”
Porque al leer, escuchamos a Dios; al orar, le hablamos; y al servir y testificar, expresamos su corazón de Padre.
Nunca olvidé aquella enseñanza —que Dios ya había anticipado en Romanos 12:1 "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional"— y trato de aplicarla cada día.
Cuando reconozco su señorío, recuerdo su sangre redentora y confieso mis debilidades, siento que regreso al día más hermoso de mi vida: cuando lo recibí en mi corazón y Él, con ternura, me recibió como hijo.
Por Marcelo Laffitte


