Según múltiples fuentes, es el Mesías que Israel esperaba y el Salvador del mundo. La confirmación viene acompañada de una declaración extraordinaria atribuida a Dios mismo: “Amo tanto al mundo que voy a dar a mi Hijo único, para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna.”
Los hechos que han llevado a esta conclusión son numerosos y verificables: ciegos que han recuperado la vista, paralíticos que caminan, leprosos purificados, tormentas detenidas con una palabra, multitudes alimentadas sin recursos visibles y muertos que han vuelto a la vida.
Las reacciones son diversas. Algunos líderes religiosos han expresado preocupación por lo que consideran una amenaza doctrinal. Otros, en cambio, reconocen que nunca habían oído ni visto a alguien enseñar y obrar con semejante autoridad y compasión. La gente común, especialmente los necesitados, lo siguen masivamente y lo escuchan con hambre de esperanza.
Algunas reacciones político-religiosas que hemos recogido en las calles:
Un fariseo molesto: “No viene de nuestras universidades rabínicas.”
Un saduceo preocupado: “Esto no es serio.”
El pueblo en general: “¡Nos devolvió la esperanza!”
Niños: “¡Este sí es copado!”
Romana confundida: “¿Por qué lo siguen tanto si no cobra impuestos?”
Entre las declaraciones más sorprendentes del propio Jesús se destacan las siguientes:
“Yo soy el camino, la verdad y la vida.”
“El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
“No vine a condenar al mundo, sino a salvarlo.”
“Antes que Abraham fuese, Yo Soy.”
Si esto es verdad —y cada signo apunta en esa dirección— estamos frente a la noticia más importante de todos los tiempos.
No se trata solamente de religión ni de política: se trata del destino eterno de la humanidad. Y a partir de estos hechos, nadie podrá decir que no fue informado.
Se anticipa que en los próximos días podrían producirse eventos decisivos. Según algunas fuentes, hay un complot en marcha para silenciar al Maestro. Lo que suceda podría cambiar la historia para siempre.
Seguiremos informando.


