Y fue entonces cuando Dios me abrió los ojos. Comprendí que la evangelización no es una obra individual, sino un trabajo en equipo. Y ese equipo tiene tres protagonistas, cada uno con una función diferente y perfectamente definida por Dios.
EL PRIMER PROTAGONISTA: NOSOTROS. (SEMBRAR)
Nuestra tarea es sencilla y profunda a la vez: colocar la semilla. ¿Cómo? Hablando de Cristo, dando testimonio, contando lo que Jesús hizo en nosotros e invitando a caminar juntos en la fe. Nada más. No se nos pide producir fe, ni convencer, ni forzar resultados. Pablo lo expresó con claridad: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo da Dios.” (1 Corintios 3:6). Nuestra parte es obediencia; el resultado no nos pertenece.

EL SEGUNDO PROTAGONISTA: EL ESPÍRITU SANTO (CONVENCER)
Aquí comienza una obra que nosotros jamás podríamos hacer: convencer del pecado, de la justicia y del juicio (Juan 16:8). Ningún ser humano acepta fácilmente que es pecador. Pero esa es la especialidad del Espíritu Santo: Él toca la conciencia, abre los ojos del entendimiento y despierta la necesidad de arrepentimiento.
Nosotros podemos hablar; Él es quien redarguye, es decir, quien convence de pecado.

EL TERCER PROTAGONISTA: JESUCRISTO (SALVAR)
Cuando el Espíritu termina su labor, Cristo toma el lugar central: Él perdona, limpia, restaura y salva. Ningún predicador ni ninguna institución humana puede otorgar salvación; ninguna persona puede producirla. “Porque no hay otro nombre bajo el cielo… en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12). Cada uno cumple su parte. Jesús salva. El Espíritu convence. Nosotros sembramos. Por eso no debemos vivir ansiosos por ver resultados inmediatos. Nuestro gozo debe ser este: haber cumplido con lo que Dios nos pidió.
Años atrás, le prediqué a una enfermera que me oyó con evidente fastidio. Pensé que había sido tiempo perdido. Hasta que, tres años después, me dijo:
—Soy cristiana gracias a aquella conversación. Ese día, sin saberlo, usted sembró mi primera semilla de fe.
Y entendí, una vez más, que nadie se convierte por facilidad de palaba: la salvación siempre es un milagro del cielo. Y así comprendí que aquello que tanto me angustiaba —que nadie se convirtiera cuando yo hablaba— no era un fracaso, sino un malentendido.
Yo pretendía hacer solo lo que nunca me correspondió.
Hoy ya no cargo con ese peso: siembro con alegría, oro con confianza y dejo que el Espíritu y Jesús hagan Su obra. Porque la salvación nunca fue un trabajo individual; siempre fue, y siempre será, un trabajo en equipo con Dios. Cuando le pregunté a un pastor coreano por qué había tantos creyentes en Corea del Sur me dijo simplemente: "Porque los cristianos de mi país tienen una profunda compasión por las almas que se pierden".
Por Marcelo Laffitte


