Para un matrimonio digno debes....cuidarte

Una amiga de este espacio, decidida a preservar el amor y los buenos tratos dentro de su matrimonio, me pidió que compartiera, aunque sea uno de los “secretos” que nos ayudan a Hilda y a mí a vivir en armonía. Y acepté, porque creo sinceramente que un matrimonio saludable no es producto del azar ni de la química perfecta, sino de decisiones sostenidas en el tiempo.

 

Ese objetivo —convivir dignamente— no sucede por suerte ni por magia. Es el fruto de acuerdos conversados, hábitos elegidos y actitudes que, una vez adoptadas, deben mantenerse. Es trabajo, sí… pero ¡qué trabajo tan dichoso cuando el resultado es paz, respeto y cariño mutuo!
Hoy quiero compartir un detalle que con Hilda cuidamos con celo y que muchos pasan por alto: el cuidado personal.
Algunos creen que tener veinte o treinta años de casados les da permiso para descuidar su aspecto. Como si la conquista hubiese ocurrido una vez y ya no hiciera falta renovarla. Pero la verdad es simple: uno de los grandes secretos del matrimonio es seducirse y conquistarse… toda la vida.
Veo, y lo digo con cariño, a muchos maridos desaliñados en su vida cotidiana: sin afeitarse, con ropa que repiten por días, con pelos asomando por lugares donde no deberían asomarse. Y no se trata de dinero, sino de cuidado.
El descuido apaga el romanticismo, desgasta la convivencia y puede volver la vida en común más áspera de lo necesario.
 
El buen gusto no es superficialidad: es respeto. Es decirle con hechos a la esposa: “Te valoro. Me importa lo que percibís de mí. Quiero ser agradable para vos.”
 
Y con la misma honestidad digo: cada cónyuge tiene la responsabilidad —en amor— de señalar cuando estas negligencias se convierten en hábito. Porque si uno se acostumbra a comer con la boca abierta, a toser sin cubrirse o a hurgarse la nariz (¡a veces sin darse cuenta!), no solo afecta a la pareja, sino también a cómo nos presentamos ante los demás.
La Biblia también habla de esto, aunque de manera más profunda. Nos recuerda que “todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor” (Colosenses 3:23).
Eso incluye cómo tratamos, cómo hablamos… y también cómo nos presentamos. El cuidado personal es, en cierto modo, una forma de honrar al otro, porque el amor verdadero se expresa en gestos cotidianos.
El apóstol Pablo dice que el marido debe “amar a su esposa como a su propio cuerpo” (Efesios 5:28).
 
¿Qué significa eso?
Que, así como cuidamos nuestra salud, nuestro descanso o nuestra ropa, debemos cuidar lo que la otra persona siente al mirarnos, al convivir con nosotros, al estar a nuestro lado. Porque el amor no es solo emoción: es esmero.
El amor es saber que, a pesar de los años, las arrugas y los kilitos de más, seguís eligiendo a la misma persona para caminar la vida juntos.
Es entender que la convivencia digna se construye con actos pequeños: oler bien, vestirse con agrado, mantener hábitos respetuosos, tender una mano, decir una palabra amable.
 
Y recuerda esto:
Nunca sabremos cuándo será la última vez que veremos a alguien. Por eso, ama mucho. Y dilo muchas veces. Pero más importante aún: dilo con hechos.
Con esos detalles que la mujer valora tanto y que, aunque parezcan pequeños, llenan la casa de ternura.
 
Por Marcelo Laffitte

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