Testimonio: "la mayoría dijo no"

Era octubre de 1984 y yo ya tenía diseñado en mi cabeza el periódico cristiano El Puente.La idea era bastante osada para aquellos años: crear un medio cristiano que estuviera abierto a todas las denominaciones. Hoy puede parecer algo absolutamente normal, pero entonces mezclar en las mismas páginas noticias de pentecostales y no pentecostales era, para algunos, casi una misión imposible. Antes de lanzarme decidí hacer algo razonable: consultar a quienes sabían más que yo.

 

Visité a diez líderes cristianos de primera línea. Pastores y referentes muy respetados. A cada uno le expliqué con entusiasmo la misma idea: un periódico que no perteneciera a una denominación, sino que fuera un lugar de encuentro para todos los cristianos. Y allí descubrí la verdadera dimensión del desafío.
 
La respuesta de nueve de ellos fue negativa. Algunos me dijeron directamente que mezclar en las mismas páginas a pentecostales y no pentecostales era inviable. Que unos no aceptarían aparecer junto a los otros. Que las diferencias doctrinales eran demasiado grandes. Que cada sector tenía sus propias publicaciones, sus propios líderes, sus propias actividades y hasta su propio lenguaje.
 
En otras palabras, me estaban diciendo: —Marcelo, eso que usted quiere hacer no va a funcionar.Y, mirándolo a la distancia, puedo comprenderlos. Los muros denominacionales eran muy altos. Hablábamos todos del mismo Cristo, leíamos la misma Biblia, predicábamos el mismo Evangelio y esperábamos encontrarnos algún día juntos en el cielo... pero aquí abajo nos costaba muchísimo compartir las páginas de un periódico.
 
Esa contradicción, lejos de desanimarme, comenzó a convencerme todavía más de que El Puente hacía falta. Porque cuando hay dos orillas separadas, justamente lo que se necesita es eso: un puente. Uno positivo contra nueve negativos. Y fue entonces cuando ocurrió algo que cambiaría completamente la historia.
Por aquellos días estaba en Buenos Aires mi amigo Edgardo Silvoso, presidente de Evangelismo de Cosecha, de USA, acompañado por una delegación de unos cincuenta pastores y líderes chinos y norteamericanos. Le conté mi proyecto. Su reacción fue completamente diferente: —¡Es una iniciativa fabulosa! ¡Hace falta un periódico así!
Confieso que mi corazón se aceleró.
Edgardo reunió a la delegación en el hotel y me propuso que les explicara personalmente la idea. Cuando me ubiqué delante de todos para hablar, ocurrió algo que todavía recuerdo con una sonrisa. Los chinos y buena parte de los norteamericanos sacaron sus cámaras fotográficas y comenzaron a fotografiarme. Por unos minutos me sentí una estrella de rock.
Edgardo hizo una presentación muy generosa sobre mí y después me tocó hablar. Yo conocía perfectamente el proyecto porque llevaba mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza. Les expliqué cómo sería el periódico, qué contenidos tendría y cuál sería su espíritu. Cuando terminé recibí muchas palabras de aliento. Pero entonces ocurrió algo que no estaba en mis planes. Uno de aquellos hombres, un empresario de California dedicado a fabricar equipos de aire acondicionado se acercó y me preguntó: ¿Cuánto dinero necesita para comenzar?
 
Le mencioné una cifra. No eran demasiados miles de dólares. — “Con esto podemos comenzar —le expliqué—. Después tengo fe en que el periódico podrá autosostenerse”. El hombre sacó su chequera. Y delante mío extendió un cheque por esa cantidad. Me quedé mirándolo. Por dentro solamente pude decir: “Gracias, Señor, por tu fidelidad”. Pero había una pregunta que necesitaba hacerle: —¿Por qué lo hizo? Su respuesta me conmovió profundamente. Me contó que solamente en dos oportunidades había sentido con absoluta claridad que Dios le indicaba hacer algo. La primera había ocurrido años antes, cuando era misionero en Bolivia. Y agregó: —La segunda fue ahora. Sentí que Dios me decía: “Debes ayudar a este muchacho”.
Yo había llegado a aquella reunión con un proyecto. Salí con los recursos para ponerlo en marcha. El Puente comenzó a publicarse y, contra muchos de aquellos pronósticos iniciales, fue creciendo mucho: ya teníamos 250 distribuidores en toda Argentina, abrimos “El Puente-Uruguay” y hasta fuimos premiados por una importante organización Norteamérica.
En los años 90 aquel empresario volvió a Buenos Aires y quiso visitarnos. Cuando entró y vio la redacción funcionando, el periódico consolidado, llegando a casi todo el ámbito nacional y todo lo que había sucedido desde aquella reunión en el hotel, sonrió satisfecho. Y dijo: “Ahora estoy seguro. Evidentemente fue Dios quien me habló para que los ayudara”.
Han pasado muchos años desde aquel episodio y todavía lo recuerdo. Porque me dejó una enseñanza que me acompañó durante toda mi vida: Hay proyectos que pueden tener todas las opiniones humanas en contra y, sin embargo, contar con una aprobación mucho más importante. Esto no significa lanzarnos irresponsablemente a cualquier ocurrencia y después decir que “Dios proveerá”.
 
Hay que pensar, consultar, trabajar, hacer números, escuchar consejos y discernir correctamente.Yo había hecho todo eso. Pero también aprendí que una mayoría no siempre tiene la última palabra. A veces Dios pone una convicción en nuestro corazón, cierra algunas puertas, abre otra inesperada y utiliza incluso a una persona que acabamos de conocer para mostrarnos el camino.
Por eso, cuando después de orar, consultar y trabajar responsablemente tenemos la certeza de que debemos avanzar, no siempre debemos interpretar un “no” humano como un “no” de Dios. Nueve hombres muy respetados pensaron que El Puente no funcionaría. Uno creyó que sí. Y otro, llegado desde California, puso en mis manos el dinero para comenzar. Aquella experiencia me enseñó algo que nunca olvidé: Cuando Dios abre una puerta, nuestra tarea no es quedarnos discutiendo delante de ella.
Es animarnos a cruzarla.
 
Por Marcelo Laffitte

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