Testimonio: ella llegó rota

A veces uno va a la iglesia por costumbre… otras veces va porque ya no puede más.

 

Esa noche ella llegó rota.
Había intentado ser fuerte durante meses. Sonreía en público, pero en casa lloraba en silencio. Sentía que nadie entendía el peso que cargaba: decepciones, culpas, miedos, oraciones que parecían no tener respuesta.
 
Se sentó al final, intentando pasar desapercibida. Pero cuando comenzó la adoración, algo cambió. No fue la música. No fue la predicación. Fue ese momento en el que, con los ojos cerrados y el corazón rendido, sus defensas cayeron.
Cayó de rodillas.
Y ahí, entre lágrimas que no podía contener, sintió algo que no sabía explicar…
 
No fue una emoción pasajera.
No fue sugestión.
Fue paz en medio del caos.
Fue abrazo sin brazos.
Fue descanso sin entenderlo todo.
 
Por primera vez, no solo sintió la presencia de Dios… sintió Su amor.
Un amor que no le reclamaba.
Un amor que no le recordaba sus errores.
Un amor que decía: “Aquí estoy. No te has perdido. No te he soltado.”
 
Ese día no se resolvieron todos sus problemas.
Pero algo sí cambió: ya no estaba sola.
Ya no caminaba desde la desesperación, sino desde la certeza de que era amada.
“Pensé que Dios estaba lejos de mí. Pensé que me había fallado. Pero entendí que era yo quien necesitaba detenerse y escuchar. Cuando me rendí, cuando dejé de fingir que todo estaba bien, sentí Su amor envolverme. No fue un grito del cielo… fue un susurro al alma. Y ese susurro cambió mi vida.”
 
Porque cuando experimentas Su amor, ya nada vuelve a ser igual.
La fe deja de ser teoría… y se convierte en encuentro.
 
Fuente: Generación Escogida

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