Esdras se arrodilló delante de Dios con el corazón quebrantado. No llegó con orgullo, ni con excusas, ni con palabras vacías. Llegó como llegan los hombres que entienden que la restauración no comienza cuando todo está perfecto, sino cuando el alma reconoce cuánto necesita volver al Señor.“Y a la hora del sacrificio de la tarde me levanté de mi aflicción, y habiendo rasgado mi vestido y mi manto, me postré de rodillas, y extendí mis manos a Jehová mi Dios.” — Esdras 9:5