Que el dolor no te confunda

Hay algo que me sigue sorprendiendo —y a la vez entristeciendo— cada vez que lo veo: la cantidad de personas que, ante un conflicto dentro de la iglesia, toman la decisión más dañina posible… alejarse de Dios. Un problema con un hermano, un malentendido con un líder, una palabra dicha sin querer… y de pronto dejan de congregarse, dejan de orar y se desconectan del Único que jamás les falló.

Hace poco conté el caso de una mujer que, dolida por situaciones internas, se apartó por completo y terminó declarando que ya no creía en Dios. Una amiga cercana intentó ayudarla con una frase muy sabia: “¿No te parece injusto enojarte con Dios por algo que Dios no hizo?” le dijo. Y es que Dios no fue el causante del conflicto. Pero ella, como tantos, mezcló lo que hicieron los hombres con lo que es el Señor.

¿Por qué sucede esto?

Porque cuando alguien se decepciona, no distingue bien la fuente del dolor. Y en esa confusión, el enemigo aprovecha para sembrar una mentira peligrosa: “Si la gente te falló, Dios también.” La Biblia nos advierte esta estrategia: “Estad alerta; vuestro adversario el diablo anda como león rugiente, buscando a quién devorar.” (1 Pedro 5:8).

Cuando una persona se amarga con Dios, cae en una trampa espiritual que no solo la detiene, sino que la deja sin el único refugio que podría levantarla. La Palabra lo expresa con claridad: “Cerca está el Señor de los quebrantados de corazón.” (Salmo 34:18). Dios no es el enemigo. Dios es el sanador, el restaurador, el refugio seguro. A veces permite decepciones o pruebas, no para destruirnos, sino para enseñarnos, pulirnos y hacernos crecer. Jesús mismo dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33)

Con nuestra mente limitada, no siempre entendemos estas cosas. Y cuando interpretamos mal lo que nos pasa, terminamos enojándonos con el Único que siempre quiso nuestro bien. Ese enojo bloquea la fe, frena nuestro avance y nos deja a la intemperie emocional. Es como cerrar la puerta justo cuando el Médico toca el timbre para curarnos.
Por eso, antes de alejarse de Dios por errores humanos —propios o ajenos— piense en esto: La iglesia puede fallar. Las personas pueden fallar. Yo puedo fallar.
Pero Dios nunca falla.  Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará (Deuteronomio 31:6).

Si hoy estás herido, confundido o decepcionado, no te apartes: acércate.
Si la iglesia te lastimó, no culpes a Dios: Él es tu refugio, no tu agresor.
Si tu fe se debilitó, no te escondas: Él sigue buscándote con amor.
Vuelve. Vuelve sin miedo. Vuelve sin explicaciones largas. Vuelve porque lejos de Dios la vida se complica… y cerca de Él, todo vuelve a encontrar sentido. “Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros.” (Santiago 4:8)

Por Marcelo Laffitte

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