Las promesas de Dios son buenas y siempre apuntan a nuestro bienestar. Dios no hace promesas para frustrarte ni para ilusionarte. Las promesas de Dios nacen de su bondad, de su sabiduría y de su propósito eterno. Son buenas porque vienen de un Dios bueno, y porque trabajan para tu bien incluso cuando no lo entiendes. Lo que Dios te prometió no te destruirá, te formará. No te alejará de su voluntad, te alineará a ella.