Era muy anciano. Pero lo importante, y lo que quiero rescatar, es lo que Juan decía en sus mensajes. No llevaba sermones escritos. No usaba bosquejos. Sus palabras eran breves, pero contundentes.
Solo decía: “Hermanos, vengo a decirles que no dejen de amarse... ámense… ámense mucho… lo realmente importante es el amor, hermanos.”

Donde lo llevaran, no se apartaba de esas palabras. Hasta que un día alguien le preguntó: —Juan, habiendo sido el gran amigo de Jesús, el que estuvo al pie de la cruz cuando murió, el testigo de su resurrección y de tantos milagros… ¿por qué haces silencio sobre todo eso y te empeñas en repetir siempre lo mismo?
Juan sonrió y respondió:
—Porque eso, y nada más que eso, es el Evangelio de Jesucristo.
Y cuánta razón tenía. Jesús mismo lo había dicho en su despedida:
“Un mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros; como yo los he amado, así también ámense ustedes unos a otros. En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.” (Juan 13:34-35)
El apóstol Juan había comprendido que el amor no era un tema más, sino el núcleo mismo del mensaje cristiano. Por eso, en sus cartas repite una y otra vez:
“Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios; todo aquel que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.” (1 Juan 4:7-8)

Juan había vivido lo suficiente como para entender que la doctrina más profunda, los milagros más asombrosos y las experiencias más intensas pierden valor si no se traducen en amor.
Un pastor joven, recién llegado a una congregación, predicó un domingo sobre el amor. La gente lo escuchó con atención. Al siguiente domingo, repitió exactamente el mismo mensaje. Algunos se miraron sorprendidos. Al tercero, volvió a predicar lo mismo. Entonces uno de los líderes lo abordó:—Pastor, ¿no tiene otro sermón?
El pastor respondió con calma: —Sí, tengo muchos, pero no voy a cambiar de tema hasta que vea que a este primero lo están viviendo. Juan, el anciano apóstol, pensaba igual. Sabía que el amor no se trata de entenderlo, sino de practicarlo.
Hoy, más que nunca, necesitamos volver a las repeticiones del apóstol Juan. En tiempos de tanto ruido, opiniones y divisiones, su voz anciana sigue resonando: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” (1 Juan 3:18)
Ese es el mensaje que nunca pasa de moda, porque todo lo demás pasará, pero el amor permanecerá para siempre (1 Corintios 13:13).
Por Marcelo Laffitte


