Existe una diferencia vital entre la caridad cristiana y perpetuar la negligencia ajena. A menudo, en nombre de la «buena voluntad», intentamos evitar que las personas sufran las consecuencias de sus propias malas decisiones. Pero la Biblia es clara en Proverbios 10:4: «Las manos negligentes empobrecen, pero las manos diligentes enriquecen».