Se quedó de rodillas y oró:
—Señor, yo no puedo controlar sus decisiones, pero tú sí puedes tocar su corazón. Yo te lo entrego.
Pasaron los meses. Después los años. Daniel se fue a otra ciudad y prácticamente perdió el contacto con su familia.
Pero su madre continuó orando.
Un domingo, mientras ella estaba en la iglesia, recibió una llamada. Era Daniel.
—Mamá… ¿puedo volver a casa? Ella comenzó a llorar.
—Claro, hijo. Esta siempre ha sido tu casa.

Daniel regresó esa semana. No volvió porque alguien lo obligó. Volvió porque, según contó después, durante una noche particularmente difícil recordó algo que su madre siempre le decía: “Aunque algún día te alejes de todos, nunca estarás lejos del amor de Dios.”
Años después, Daniel se convirtió en padre. Y cuando alguien le preguntó qué había hecho su madre para conseguir que regresara, él respondió: “Nunca dejó de orar por mí. Y, aunque yo había soltado su mano, ella nunca soltó la mía.”

Reflexión: Hay personas que hoy están caminando lejos de Dios, lejos de su familia o tomando decisiones que nos duelen. Pero recuerda: no confundas el silencio de Dios con su ausencia. Sigue orando. Sigue amando. Sigue creyendo. Porque a veces la semilla que sembraste hace años todavía está creciendo debajo de la tierra.
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” — Proverbios 22:6
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