En el corazón de la impenetrable muralla de Jericó, donde reinaba el paganismo y la desesperanza, vivía Rahab. La sociedad la catalogaba por su pasado como ramera, pero el Cielo ya estaba escribiendo un nuevo capítulo para su vida. Dios no mira lo que el hombre mira; Él ve el corazón y el potencial de fe escondido en medio de la tempestad.