David condenó a muerte a un hombre y se condenó a si mismo

El Código Mashal, David había derrotado a Goliat. Había escapado de Saúl. Había conquistado ciudades. Había liderado ejércitos. Había escrito algunos de los salmos más hermosos de la historia. Y sin embargo, el enemigo que finalmente lo hizo caer no estaba afuera. Estaba dentro de su propio corazón.

 

La Biblia dice que David vio a Betsabé, la tomó para sí y luego planeó la muerte de Urías para ocultar su pecado. Lo sorprendente no es solamente lo que hizo.
Lo sorprendente es que durante un tiempo logró convencerse de que podía seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. Pero hay algo que jamás puede ocultarse delante de Adonay. El corazón.
 
CUANDO EL PECADO DEJA DE PARECER PECADO
Con el paso del tiempo ocurre algo peligroso. La conciencia se acostumbra. La justificación reemplaza al arrepentimiento. Y lo que antes nos hubiera quebrantado, comienza a parecernos normal. David ya no estaba viendo con claridad. Su lev (לב), su corazón, se había endurecido. Por eso Adonay no envió un ejército. No envió una plaga. No envió fuego del cielo. Envió un profeta.
 
EL PROFETA QUE NO ACUSÓ
Natán llegó al palacio. Pero no comenzó con una denuncia. No señaló con el dedo. No gritó. No humilló al rey delante de todos.
Comenzó contando una historia. Un hombre rico poseía grandes rebaños. Otro hombre era extremadamente pobre. Solo tenía una pequeña corderita. La criaba como a una hija. Comía de su mesa. Dormía en su regazo. Era lo más valioso que tenía. Pero cuando el hombre rico recibió una visita, no tomó una de sus muchas ovejas. Tomó la única cordera del pobre. Y la sacrificó.
 
LA INDIGNACIÓN DE DAVID
Mientras escuchaba la historia, algo comenzó a arder dentro del rey. Su sentido de justicia despertó. Su enojo explotó. Y entonces pronunció una sentencia devastadora: ¡Ese hombre merece morir! 2 Samuel 12:5
David estaba tan convencido de su juicio que incluso añadió una pena mayor de la que exigía la propia Torá. Para él no existía ninguna duda. Aquel hombre era culpable. Aquel hombre era malvado. Aquel hombre debía pagar. Lo que David no sabía era que estaba hablando de sí mismo.
 
EL GOLPE MÁS FUERTE DE TODA LA HISTORIA
Entonces Natán pronunció siete palabras que atravesaron el corazón del rey como una espada. "Tu eres aquel hombre"
No hubo discusión. No hubo defensa. No hubo excusas.
En un instante David entendió todo. El hombre rico era él. La cordera era Betsabé. Y Urías había sido el hombre pobre al que él había destruido.
El rey acababa de dictar su propia sentencia.
 
EL PODER DEL MASHAL
La palabra hebrea מָשָׁל (Mashal) significa parábola, comparación o relato que revela una verdad profunda. Natán utilizó un mashal porque sabía algo importante:
Las personas suelen reconocer la verdad cuando habla de otros. Lo difícil es reconocerla cuando habla de nosotros. David vio perfectamente la injusticia. 
Simplemente no reconoció que la estaba cometiendo.
 
EL ESPEJO QUE TODOS EVITAMOS
La mayoría de nosotros somos excelentes jueces de los errores ajenos. Detectamos rápidamente la mentira. La hipocresía. La soberbia. La falta de amor. La injusticia.
Pero cuando esas mismas cosas aparecen en nuestra propia vida, solemos encontrar explicaciones para justificarlas. Por eso Natán no le mostró primero el pecado. Le mostró un espejo.
Y el espejo habló.
 
LA DIFERENCIA ENTRE SAÚL Y DAVID
Aquí aparece una de las enseñanzas más profundas de toda la Escritura. David cayó. Y cayó muy bajo. Pero cuando la verdad llegó a su corazón, no la rechazó. No culpó a otros. No atacó al profeta. No buscó excusas. Se arrepintió.
Por eso la grandeza de David no estuvo en no equivocarse. La grandeza de David estuvo en dejarse corregir.
 
EL MENSAJE QUE SIGUE VIGENTE HOY
Quizás Adonay no está enviando hoy a un Natán para acusarte. Quizás está enviando una enseñanza. Una conversación. Un versículo. Una circunstancia. Un espejo.
Porque la restauración comienza cuando dejamos de preguntar: "¿Quién es ese hombre?"
Y tenemos el valor de responder: "Soy yo." Examíname, oh Elohim, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. (Salmo 139:23)
Porque el problema más peligroso no es el pecado que reconocemos.
Es el pecado que ya no podemos ver!!!
 
Publicación de Claudio Ordoz
 

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