El silencio de Dios no es abandono, sino un estado llamado Dômam (דּוּמָם): una quietud intencional y activa. David experimentó ese silencio doloroso, donde parece que Dios no responde, pero entendió que no era ausencia, sino acción invisible. Salmos 28:1 "A ti clamaré, oh Jehová. Roca mía, no te desentiendas de mí, Para que no sea yo, dejándome tú, Semejante a los que descienden al sepulcro".